Diciembre es un mes especial, las fiestas, el fin de año, la llegada del verano. Esto pasa en todo el hemisferio sur para desgracia de Los Papá Noel deshidratados de los Shoppings, pero en La Plata hay otras cosas que suceden que lo hacen un mes mágico. Son sucesos relacionados con lo más profundo de su adn y que nos hace quererla un poco más cada año, perdonándole su humedad del invierno, su tránsito empiojado y su caprichoso desorden.
Los tilos florecidos son la primera señal que Diciembre llega a La Plata. Esa fragancia intensa que te envuelve en Plaza Italia se mezcla con el calor y genera el olor a “tilo caliente” como lo llamaba mi hermano cuando éramos chicos. Dicen que los recuerdos del olfato son los más persistentes, me ha pasado sentir olor a tilo en otra ciudad y reaccionar de forma inconciente por esa incoherencia. Ese olor pertenece a un lugar lleno de diagonales, sentirlo en otro lugar es volver a caminarlas. En otros meses se lucen en La Plata los jacarandás, los naranjos, los plátanos; pero el aroma de los tilos es mi preferido.
Las recibidas universitarias son un sello platense. Es imposible pensar La Plata sin la UNLP, decenas de miles de estudiantes le marcan a la ciudad su estilo juvenil, gregario, alegre, de más “estudio” que “trabajo”. Y en la segunda quincena de Diciembre llega el momento de rendir las últimas materias. Ahí la alegría se desata. Es un placer ver la felicidad en las veredas de las facultades donde padres, tíos, abuelos y hermanos, muchos de ellos del interior, asisten sonrientes y un poco asombrados al ritual de enchastre y caravana que se arma a toda hora. Hay que explicarle a la abuela que esos energúmenos que le cortan la ropa a la nena “son los amigos de la facultad”, no un grupo de violadores y que hace una semana que se vienen preparando para eso con la ayuda de los animales del zoológico o de los studs del hipódromo. Y la juerga no termina ahí. Todos los platenses de más de 20 años sabemos que no existen fiestas mejores que las de recibidas conjuntas. Esas que quedan en el recuerdo para siempre. En mi caso fue la fiesta de mi amigo Sergio Cuellar, 8 médicos y sus centenares de amigos en una quinta de Gonnet; terminó a las 8.30 de la mañana, cuando se empezaba a bailar más temprano. También la fiesta de Leti Gemelli, 7 arquitectos llenaron de amigos el Teatro de calle 43.
Pero no sólo están de fiesta los que se reciben. todos los estudiantes concluyen sus cursadas, se van terminando los finales y las noches en los bares al aire libre se alargan hasta bien tarde. Cuadras enteras de gente tomando una cerveza, disfrutando una pizza, avanzando sobre la calle, obligando a los autos a avanzar despacio para mirar y ser mirado. Ya hay olor a mar y montañas en las charlas de cada mesa. Esas noches de bar y vereda con amigos son también parte del encanto de Diciembre.
Y cuando pasó la Navidad, ya los estudiantes del interior se han ido, las facultades cerrado y se empieza a notar los edificios vacíos, Los platenses terminamos Diciembre a pleno llenos de muñecos y fuegos artificiales. Los muñecos platenses son únicos en nuestro país. Son tan tradicionales y populares como anárquicos, algunos solo se terminan horas antes de ser quemados, se construyen en calles que apenas pasa un auto, los motivos se repiten y encontrar los mejores requiere de un chofer baqueano en Diagonales y circunvalaciones. Desde el Bob Esponja más infantil a las elaboradas producciones de Drako, todos, que son cientos, desaparecen el primero de Enero a la madrugada.
Así se termina un Diciembre platense, de tilos calientes, alegrías universitarias, largas noches de bares y muñecos ardientes. Así es cómo mis hijos no dudan cuando les preguntamos dónde quieren pasar las fiestas “Quedemosnos en La Plata papá, si acá la pasamos genial”.
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